Un gran pedacito

¡Buenos días, 💜!

¿Y si empezamos la semana con un buen pedacito de Churros?

Aquí os dejo el prólogo y los dos primeros capítulos.

Espero que los disfrutéis.😊

Feliz semana.

 

Prólogo

Hugo

 

Salgo de casa dando un portazo, bajo las escaleras sin ver por dónde piso, cagándome en todo; convencido de que no tengo alternativa, pero con derecho a protestar.

¡Joder! Tres días y nos vamos.

Llego a la calle y cierro la pequeña verja de hierro blanca con tanta fuerza que rebota, me giro y observo como mi padre me mira desde el umbral de la puerta. No abre la boca, ni tan siquiera pestañea, pero su postura relajada me dice que me entiende, que no me preocupe; eso me enfurece más. Mi madre aparece tras él con una sonrisa de comprensión en los labios, ¡se me hace insoportable!

Niego con la cabeza y echo a correr en dirección a la calle principal de Lilea, cruzo dos bocacalles y me detengo un instante frente al supermercado. Miro dentro; en cuanto mis ojos chocan con la sonrisa de Emma, mis piernas vuelven a moverse. Necesito desaparecer, eliminar este cabreo que llevo encima antes de hablar con ella, o lo que deberían ser nuestros últimos días juntos exprimidos al máximo se convertirán en un puto infierno.

Huyo en dirección al río, bajo las escaleras laterales que hay en el puente y recorro con pasos enérgicos la orilla hasta llegar al que se ha convertido en nuestro refugio en los últimos dos meses —en los que les hemos robado tiempo a nuestros amigos para conocernos mejor—. Me siento sobre una de las rocas y espero a que llegue; sé que no tardará en aparecer.

A veces creo que soy gilipollas, solo tengo dieciséis años —en una semana, diecisiete— y debería preocuparme una mierda lo que pueda ocurrir después, sus sentimientos, los míos, todo. Pero no es así; mi madre tiene razón, soy demasiado responsable para mi edad. Se me retuercen las tripas. Cojo una piedra que hay a mi lado para lanzarla al agua con toda la mala leche que la impotencia vierte entre mis venas.

Hace casi cinco semanas que mis padres me dieron la noticia de que nos íbamos a vivir a Londres. Era algo que esperaba desde que mi abuela materna falleció; aquí ya no nos queda nadie; allí, está la familia de mi padre y, por lo que parece, una oportunidad de trabajo que jamás llegó a imaginar. Todo eso es genial, pero yo tengo a Emma, aunque ellos no lo sepan, no haya pasado nada entre nosotros y aún menos vaya a suceder antes de que me vaya. ¿Por qué? Pues porque me gusta demasiado, creo… creo que de verdad. Y si yo no me hago a la idea de separarme de Emma sabiéndolo desde hace tiempo, ¿cómo la beso y luego desaparezco? Sé que ella lo desea tanto como yo, no soy estúpido.

¡Joder! Mataría por acariciar su cuerpo e, incluso así, no moveré un solo dedo por no herirla. Emma es fuerte, divertida, valiente, pero es sensible de un modo adorable. No me perdonaría dañarla.

—Hugo, ¿qué ha pasado? —Su voz me sorprende, y se ríe al ver que me ha asustado, mientras se sienta junto a mí.

Es hermosa.

—Nada.

—No seas mentiroso. Sé que te ocurre algo, te conozco, ¿sabes? —Golpea mi pierna con la suya y esboza esa sonrisa tan especial que a veces creo que tiene solo para mí.

—Nos vamos a vivir a Londres —confieso con los ojos clavados en sus pupilas, que se encogen de repente. ¡Me cago en todo! ¿Por qué mi padre me enseñará a detectar esas cosas? Está triste.

—Ah. —Cuando creo que no va pronunciar una sola palabra más, me suelta—: Te echaré de menos. Mucho. ¿Me abrazas?

Obedezco.

El calor de su piel traspasa nuestras ropas para quemar la mía. Joder.

—Y yo a ti, Emma —susurro en su oído, y tiembla entre mis brazos.

Intento separarme, por miedo, pánico, a que este dolor de huevos que me provoca el estar tan pegados acabe por mandar sobre mi cerebro. Ella se aferra a mi camiseta con ojos suplicantes, pero me contengo. Me aparto de Emma con media sonrisa en los labios, como si no hubiese entendido su petición, comportándome como el simple amigo que se supone que soy.

Pero no la dejaré con la incertidumbre. Lo solucionaré antes de irme.

 

 

1
Lluvia a mares

 

16 años después

Emma

 

Lluvia a mares, goteras en la biblioteca y, como si no fuera suficiente, una fiesta nocturna de exalumnos en mi antiguo colegio que no me apetece en absoluto. Miro de reojo a mi padre, que acaba de frenar el coche delante del edificio y sigue ignorándome. Que sí, que ya lo sé. Pedirle que me trajera hasta aquí cuando ya estaba en pijama y zapatillas es para matarme, pero tampoco tenía otra opción; él lo sabe tan bien como yo. Suspiro con desgana, le doy un beso en la mejilla y las gracias por quinta vez en cinco minutos; abro la puerta, salgo del coche a toda prisa con la vana esperanza de que el agua no se me cale en los zapatos —menudo mes de junio—, y con su sonrisa clavada en la nuca. Para mi suerte, al final es un blando.

Me adentro en el edificio y surco los pasillos de paredes verdes y suelo blanco con motas negras, grises y marrones con añoranza, mientras que la sensación de agobio de toda la semana se multiplica. Y sí, confirmado, esto es lo que me ha machacado el cerebro todos estos días. Pareceré antisocial, egoísta o yo qué sé; pero a mí, el eslogan del alcalde que ondea en una enorme pancarta en la entrada del pueblo con la frase «Todo por nuestros jóvenes» no me convence. Bueno, en un principio sí me gustó, pero después el Ayuntamiento anunció a bombo y platillo que derribarían esta vieja estructura para construir viviendas de protección oficial. Y ahí empecé a ponerme nerviosa. ¿Qué pasará con esa sonrisa que se me escapa cada vez que paso junto al colegio? ¿Y mis recuerdos? Quizá se desvanezcan con la misma facilidad que esta mole de ladrillos gigantesca.

Me paro al final de un largo y amplio pasadizo, frente a una vitrina de trofeos, y paso las manos por el vestido verde con el ceño fruncido —una vez seco dará pena—; coloco unos mechones de pelo detrás de la oreja y observo el color rosa palo con el que me he pintado los labios a la carrera antes de salir de casa —me queda fatal—. Niego con la cabeza, hastiada, y me dejo guiar por la música, las voces y las risas hasta el interior del polideportivo que, para mi sorpresa, sigue igual de antiguo y desfasado: el mismo color granate en las paredes desconchadas, las redes de las canastas de básquet tan maltrechas como siempre y las de las porterías de fútbol igual de invisibles.

Me adentro en la pista en busca de mi mejor amiga. He quedado con ella en vernos aquí; aunque llego una hora tarde, espero que haya aguantado como una campeona y nos crucemos de un momento a otro. Y no, no es que me lleve mal con el resto de mis excompañeros; es solo que he tenido un día horrible, estoy cansada y no me apetece que alguien a quien no veo hace siglos me explique su vida —aunque la mayoría seguimos en el pueblo y aquí no hay secretos—. No veo el momento de meterme en la cama. Solo espero que Mamen, especialista en desaparecer en eventos que son un muermo, siga por aquí.

Giro sobre mis pies de puntillas, alzo la barbilla para intentar ver algo —Mamen, con sus tacones, me saca poco más de un palmo, pero incluso así, necesito esta maniobra para que mis ojos puedan cumplir la misión de búsqueda— y entonces la encuentro. Está en un lateral, muy entretenida con un chico al que no reconozco porque me da la espalda, con una cara de expectación y picardía que alienta mi curiosidad. Me acerco intrigada, poco a poco, y entonces lo veo. ¡Madre de Dios si lo veo! Mi cabeza empieza a inclinarse hacia la derecha mientras mi cadera se va a la izquierda; mis ojos se recrean con la vista. Cuando mi cuerpo ya no puede doblarse más, una espectacular sonrisa con sonido incorporado se me escapa, ¡menudo culo!

Mamen chasquea los dedos, y regreso a mi posición original en décimas de segundo.

—Hugo… —susurro cuando se gira, después de que una tímida y sincera sonrisa cubra mi rostro y mis recuerdos estallen como palomitas de maíz en una sartén llena de aceite. Me quedo inmóvil. Por suerte, ellos sí son capaces de desplazar sus cuerpos, pero llegan hasta mí antes de que mis conexiones neuronales se restablezcan.

—Hola, Emma. —Hugo se acerca y me da dos besos.

—Hola. —Tardo unos segundos en contestar, ¿o ha sido un minuto?—. No me lo puedo creer, hace tanto tiempo… ¡Estás genial!

—Tú también lo estás —contesta, metiéndose las manos en los bolsillos del tejano desgastado mientras me repasa con disimulo.

—Ya…

—Chicos, os dejo solos, que por allí llega Ricardo; quisiera saber con quién ha dejado al final a los niños.

Mamen se aleja y Hugo me mira incrédulo. Sé lo que piensa, y se me escapa una carcajada de lo más escandalosa.

—¿En serio? —indaga, con la vista clavada en mis amigos, que ahora se besan con entusiasmo.

—Sí. Tienen un niño y una niña; créeme si te digo que no conozco una pareja más sólida.

—Recuerdo que se pasaban el día martirizándose. Qué curiosa es la vida —razona sin dejar de mirarlos.

—Sí. Hasta que empezaron a salir y todo cambió —le explico mientras mis amigos dejan de besarse, pero permanecen abrazados. Vaya par.

Con una sonrisa bobalicona en el rostro, vuelvo la vista hacia Hugo y siento por primera vez en mi vida como mis pies echan raíces, traspasan el suelo, el cemento y todo lo que haya de por medio hasta clavarse en la Tierra; la comisura de mis labios desciende hasta convertirse en una fina línea y respirar… joder, ¿cómo se hacía? Ha vuelto, está aquí. Junto a Hugo ha regresado aquella mirada con la que me intimidaba cuando era una adolescente, que mostraba más de lo que en ningún momento salió de su boca, o, al menos, eso creí yo durante un corto periodo de tiempo.

—¿Una copa? —propone con voz ronca, tras un momento de silencio en el que nuestros ojos se han quedado atrapados y la música de la fiesta se ha diluido en mi cerebro hasta casi silenciarse.

—Sí, buena idea. —Echo a andar en dirección a las espalderas, donde los alumnos del último curso del nuevo colegio han instalado una barra que da el pego—. ¿Has llegado hace mucho?

—No.

Sigo dando pasos, incómoda, porque noto sus ojos clavados en mi nuca y eso, sumado a su escueta respuesta, me altera por segundos. ¡Y yo que creía que sería una noche aburrida!

—¿Cerveza? —pregunto sin girarme. Presiento que está demasiado cerca.

—Agua.

—¿Con la que está cayendo y aún quieres más agua? —Una estridente risa emerge de entre mis labios. Son los puñeteros nervios.

No me responde, así que no tengo más remedio que darme la vuelta y… sí, apenas nos separan un par de palmos. ¡Fantástico!

Él con su agua y yo con mi cerveza nos dirigimos a un pequeño grupo que se pone al día de sus vidas justo al lado del potro, al que miro con recelo; la de tortazos que me llegué a dar por su culpa. No pierdo detalle de las preguntas que otros le hacen y me entero de cómo es el Hugo de hoy en día: cirujano plástico, como su padre; vive en Barcelona desde hace cuatro años, que nos haya dicho, no tiene novia ni nada que se le parezca. Por ahí no, Emma, me dice mi vocecilla interna mientras recuerdo que era bastante reservado; compruebo que sigue igual.

De pequeña sentía que una especie de hilo nos unía. Compartimos momentos en grupo y también algunos solos —sobre todo en los últimos meses antes de su partida—, jamás me había sentido tan a gusto con nadie y estaba convencida de que había algo más entre nosotros hasta que se enrolló con Marga, una chica de su clase, dos días antes de irse, dejándome claro que yo era tan solo una buena amiga. Así que di por entendido que eran fantasías mías, la típica historia que se montan tus hormonas alocadas en esa edad. Y dolió, vaya si dolió. Por primera vez en mi vida —con catorce años—, odié a otro ser humano con todas mis fuerzas.

—¿Sabes a qué ha venido? —Mamen me devuelve al presente de un codazo. La miro; su cara de malas ideas hace saltar todas mis alarmas. Porque sí, que sea mi mejor amiga no quiere decir que no esté hecha una auténtica bruja.

—Pues no he sido tan grosera, la verdad. —Levanto el mentón y miro hacia el grupo.

—Si quieres te lo digo yo —responde, con esa suficiencia tan suya que me entran ganas de estamparla contra las colchonetas que están apiladas a poco más de diez metros de nosotras.

—Vamos a dejarlo —gruño, y se fija hacia dónde miro, para, después, echarse a reír. Yo intento aguantarme, pero acabo imitándola.

—¿Todo bien por la biblioteca?

—Después de que los bomberos achicasen el agua de la entrada, ha ido genial.

—Mmm… ¿Estás bien? —pregunta cuando miro a Ricardo, que ahora habla con Hugo.

—Estupenda.

—Ya creo que es para estarlo. ¡Un poco más y te desmontas mirando su trasero! —No veo su cara, pero estoy tan convencida de que está aguantándose una risotada como de que yo soy castaña y ella, pelirroja.

—Serás… —Y reímos de nuevo a más no poder, y es que solo le falta la escoba.

—¿Qué os hace tanta gracia? —Ricardo se acerca a nosotras seguido de Hugo. Ambos esbozan una sonrisa, juraría que por el mero hecho de que nosotras lo hacemos.

—Cosas de chicas. —Mamen se aferra a su marido; tras darle un beso en la mejilla, se lo lleva a la pista de baile. Los miro mientras Ricardo coge a Mamen por la cintura y ella enrosca las manos alrededor de su cuello.

—¿Qué me dices de ti? —pregunta Hugo a mi lado.

—¿Qué quieres saber? —Me giro hacia él, entre intrigada y divertida.

—Todo. —Y de nuevo, esa mirada.

Un silencio acogedor fluye entre nosotros y me quedo de nuevo sin palabras.

Intento escapar del momento; mis ojos regresan a la pista de baile en busca de algo que me permita desaparecer. Mala idea. Hugo me coge de la mano y me adentra en ella. Cuando se para, me acerca a su pecho y toda mi piel reacciona erizándose. Tras recorrer parte de mis brazos con la yema de sus dedos, sujeta con suavidad mis manos y las sube hasta que quedan apoyadas cerca de su nuca. No soy capaz de mirarlo a la cara, así que bajo los párpados y me dejo llevar. Sus dedos se posan en mi espalda desnuda y un escalofrío me recorre la columna. Ni siquiera sé qué canción suena, mi cerebro está demasiado ocupado mandando una sencilla orden a los pulmones: «No dejéis de respirar». Y es que hace tanto tiempo que no siento nada que esa simple reacción de mi cuerpo me descoloca por completo. Sé que la canción ha terminado porque ya no se mueve. Desplaza sus dedos con extrema lentitud de la cadera a mis manos. Las coge y las separa de su cuello bajándolas hasta dejarlas de nuevo a los lados. Abro los ojos, me separo de él; al levantar la vista, me encuentro con la mirada más oscura y profunda de toda mi vida.

 

***

 

Ya no llueve, y la gente aprovecha para irse; son más de las dos, y en la cara de los compañeros veo satisfacción y agotamiento a partes iguales. Los músicos han dejado de tocar, los chicos recogen el bar mientras el silencio se adueña poco a poco del espacio. Ha llegado el momento. Giro sobre mis pies; archivo en mi memoria el mayor número de imágenes que me es posible con una sola idea en la cabeza: ha resultado ser una gran noche.

—¿Te acercamos? —Ricardo, siempre tan atento.

—No, gracias. Prefiero caminar un rato. —Me da dos besos y se va junto a Mamen, que está despidiéndose de Hugo.

—¿Seguro? —grita mi amiga cuando están a punto de salir por la puerta. Me limito a hacer un gesto con la mano para que se vayan; en realidad, Mamen mataría para que acabe la noche en la cama de Hugo.

Me agacho para recoger unos vasos que hay tirados cerca de una papelera que está a reventar y los dejo encima de una de las mesas, antes de dar un último vistazo y dirigirme hacia la salida.

Hugo está apoyado en la puerta con los brazos y las piernas cruzadas —esa camisa blanca de lino, que contrasta con la oscuridad de su piel, le queda estupenda—. Lo he evitado desde que acabó el baile y sé que me espera para irnos juntos.

—Así que… un paseo —apunta cuando me detengo a su lado.

—¿No te apetece? Nos sentará bien.

Recorremos los pasillos sin hablar y yo lo agradezco. No sé ni por dónde empezar.

Al salir, un aire frío y húmedo me agita; para cuando me quiero dar cuenta, Hugo me ha puesto su chaqueta sobre los hombros. Lo miro extrañada.

—No te preocupes por mí. En Londres es mucho peor. —Sonríe, y me fijo por primera vez en el hoyuelo que aparece en su mentón; ya no lo recordaba.

—Gracias. Eres muy amable.

Giro a la izquierda para ir hacia mi casa, rememorando el pasado.

—¿Ya no vives encima del supermercado? —Señala a mano derecha.

—No. Mis padres se compraron una casa en la nueva urbanización del pueblo. Ahora vivimos a las afueras. Si es que eso existe. —Levanto los hombros e indico las casas que se alzan pasado el puente, pegadas al pueblo por un paseo atiborrado de plataneros.

—Aún no me has contestado —me recuerda al empezar a andar. ¡Ah!, mi vida, quiere que le explique toda mi vida…

Caminamos un buen tramo en silencio. No sé qué pasará por su mente, pero yo no acabo de creerme que esté aquí, a un palmo de poder tocarlo, sentirlo. Provocándome la misma sensación de plenitud que años atrás. Y estoy confusa, no puedo permitirme ese tipo de… cosas.

Cruzamos el puente acompañados del estruendo del caudal del río Lila, que choca contra las rocas. Ya no puedo callarme más. Me aferro por unos segundos a la blanca baranda de hierro —necesito algo frío y sólido que me ayude a mostrar seguridad para lo que estoy a punto de decirle—.

—Lamento lo de tus padres. Lo vi en las noticias. —Suelto a bocajarro. Llevo toda la noche con la intención de hacérselo saber, pero nunca es buen momento. Una ráfaga de viento revuelve mi pelo, me lo aparto de la cara y él se detiene.

—Gracias —responde… ¿sorprendido?

Lo miro a los ojos y niego con la cabeza; no tiene que dármelas por algo así. Bajo la vista e intento avanzar cuando un cosquilleo recorre mis dedos al notar el roce de los suyos. Un tirón en la mano, sin saber cómo, tengo la espalda apoyada en el tronco de un árbol y a Hugo, muy cerca, con sus ojos negros clavados en los míos.

—Me acordé tanto… Solo esperaba que tuvieras quien cuidara de ti —confieso, porque es cierto, y porque alguno de los dos debe decir algo para romper la tensión que me empuja a cometer una locura.

Los faros de un coche hacen que se gire y aprovecho para escabullirme.

En la acera, señalo la quinta casa.

—Es allí —afirmo mientras reanudo la marcha.

Me apresuro, y él me sigue a poca distancia; cuando el aire llega sin restricción a mis pulmones, aminoro el paso. Al llegar a mi altura, empieza a hablar:

—Los dos primeros años fueron los peores, me encerré en mí mismo y fue complicado. De no ser por mis tíos… Tuve mucha suerte. —Sus labios se arquean y me transmiten una combinación de felicidad y nostalgia que provoca que los míos se curven hacia arriba—. Salí con una chica durante tres años. —Se mete las manos en los bolsillos y en el tono de voz denoto pesar. Me sorprende el cambio de rumbo y mi rostro no lo oculta—. Era la mujer perfecta.

—¿Qué ocurrió? —quiero saber cuando se queda callado con la vista clavada en la acera.

—Nada. Me di cuenta de que no quiero una mujer perfecta a mi lado. Llámame bicho raro —intenta bromear.

—Tampoco la querrías. —Gira de golpe la cabeza para fijar sus ojos en los míos. Creo que no le ha gustado mi afirmación—. Digo que… me refiero… en fin, se supone que no quieres a alguien por ser perfecto o imperfecto. Lo quieres por otras cosas, ¿no?

—Tienes toda la razón, no la quería. No, al menos, de la forma en que se supone que tienes que querer a tu pareja. Seguro que ese fue el único motivo; el otro quizá fue una excusa.

—Es posible —afirmo. ¿Qué espera que le diga?

—Sí, lo es —replica con la vista clavada en el cielo—. Es precioso. Muchos años después de que me fuera, seguía viendo las estrellas de Lilea cada vez que cerraba los ojos.

—Es espectacular. Cuando me fui a estudiar a Barcelona también las eché de menos —confieso, con los ojos puestos en el millón de luces que contemplamos. Nadie diría que ha diluviado hace unas horas—. ¿Estarás muchos días por aquí? —Le devuelvo la chaqueta. Acabamos de llegar—. Esta noche lo he pasado bien.

—Me quedaré un par de días más, estoy de vacaciones. ¿Nos veremos?

Mi cerebro se debate entre la respuesta conservadora y la arriesgada.

—Lilea es un pueblo pequeño. Seguro. —El miedo gana y me paso las llaves de casa de una mano a otra.

Se acerca y me da un beso en cada mejilla mientras pienso que debo permanecer en alerta.

 

***

 

Escucho ruidos en la habitación de al lado: risas, golpes, gritos… Abro un ojo y miro el reloj: las ocho y veinte. Quizá, si me estoy muy quieta, me dejarán dormir un rato más.

Una puerta se abre y choca contra la pared —un día de estos mi padre las mata—, pasos rápidos y… entran en mi habitación en estampida. Abro los ojos justo a tiempo para ver como dos fierecillas de cinco años, rubias, risueñas y de ojos verdes, se cuelan en mi cama y empiezan a saltar como locas.

—¡Mami! Buenos días. ¿Qué tal la fiesta? ¿Les gustó tu vestido de princesa?

Laura es la romántica.

—¡Puaj! «Princesa», dice, ¡era de gladiadora!

Carla, la aventurera.

Las cojo a ambas y me pongo una a cada lado; las achucho y no las suelto hasta que se quejan.

—Os lo contaré todo, pero será en la cocina, con vuestra abuela delante. Así responderé todas las preguntas de una vez. Por cierto, ¿ya se han levantado los abuelos?

—Mami, la única dormilona en esta casa eres tú. —Carla me mira como si estuviera cansada de repetir una y otra vez la misma obviedad—. La abuela acaba de llegar de la panadería, y el abuelo se ha ido al supermercado. Cuando regrese, nos llevará al parque.

—¡Fantástico! Pues entonces aprovechemos y, antes de que llegue, bajemos con la abuela y os dejaré que me interroguéis.

Las niñas saltan de la cama. Tras recordarles que se pongan las zapatillas, bajan a todo correr al piso de abajo. Voy tras ellas dejándome guiar por el olor al café recién hecho y el recuerdo de la noche anterior.

La cocina es enorme, con armarios de un blanco reluciente y un mármol negro que brilla más todavía. La ventana que da al porche está abierta, y en el aire se respira un aroma muy característico: el olor de las flores de lavanda se mezcla con las hojas de menta, orégano y albahaca de las macetas del alféizar, la humedad de la tierra mojada y el olor de los granos recién molidos.

—Buenos días, cariño.

Me acerco y le doy un beso a mi madre en la mejilla. Se ha recogido su larga melena castaña en una cola de caballo, lleva puestos unos tejanos desgastados y una camiseta de color naranja que realza sus preciosos ojos verdes. Su delgadez y sus músculos tonificados hacen que a sus sesenta años creas que no tiene muchos más de cincuenta.

—Buenos días, mamá. ¿Qué tal anoche con las niñas?

—Muy bien, hija. El único aquí que hace lo que le da la gana es tu padre. ¿Te puedes creer que salió al porche a tomar el fresco?

Lo sé. Después de que Hugo desapareciera, abrí la verja grisácea de la casa y me encontré con el suelo del jardín repleto de hojas y flores que, con la tormenta, habían sido arrancadas y se entremezclaban con el agua de la lluvia que las había vencido. En el porche, sobre el respaldo del balancín de color lila y blanco que tenemos en un lateral, el viejo jersey marrón de mi padre, que utiliza cuando sale a tomar el fresco, me esperaba. Lo cogí, me lo llevé a la nariz para olerlo y, después de entrar en casa, lo dejé sobre su sillón orejero de color mostaza.

Puede parecer una estupidez, pero necesitaba sentirme segura.

—A papá le encanta la lluvia. —Mi madre levanta el mentón. Ya estamos.

—No sé para qué te explico nada. Sois iguales. En fin… ¿Qué tal la fiesta?

—¡Eso!, ¡eso!

Las niñas gritan desde la isla de la cocina, sentadas en uno de los taburetes más cercanos para no perderse detalle.

La fiesta.

Hugo.

¡Mierda! Jamás creí que regresaría.

Y estoy feliz e ilusionada. Y asustada.

Ha vuelto. Está aquí. En Lilea.

¡Joder!

Tengo que evitarlo si no quiero que mis hormonas vuelvan a hacer de la suyas, que me conozco, y Hugo tan solo ha necesitado un baile y un paseo para que me quede claro que el hombre de hoy puede darme muchos problemas.

—Pues muy bien, la verdad. No tenía muchas ganas de ir, pero al final resultó ser una noche agradable.

—Y con sorpresa…

Mi madre deja caer la frase y yo pongo los ojos en blanco. Sé muy bien a qué se refiere. Seguro que esta mañana ya la han puesto al día en la panadería.

—¿Qué quieres decir, mamá?

Me hago la distraída mientras la ayudo a preparar el desayuno. Ella se acerca a mí; muy bajito, para que las niñas no nos oigan, me responde:

—Dicen que es aún más guapo que su padre, que está soltero y que sigue tan reservado como siempre.

De golpe, se queda pensativa. Reduciendo aún más el tono de voz, pregunta:

—¿Es menos negro que John? Porque eso no me lo han dicho. De pequeño sí que lo era.

—¡Por Dios, mamá! ¡Eso no se pregunta!

—Ay, hija, cómo te pones. Es solo curiosidad. Todavía recuerdo el día que vi por primera vez a su padre. Nunca había visto un hombre tan atractivo. Y su tono de piel, tan oscura y brillante a la vez, fue lo que más me impresionó.

Me niego a tener esta conversación. Cojo los bocadillos de las niñas, que acabamos de preparar, los dejo encima del mármol negro de la isla central y me dispongo a satisfacer a mis hijas.

—A ver, chicas, ¿qué queréis saber?

Les explico a las pequeñas todo lo que desean; aunque no les hablo de Hugo, mi mente viaja hasta los momentos compartidos, mientras un calorcillo que nace de mis entrañas se apodera de todo mi cuerpo.

Mal, muy mal.

Me permito regodearme en esa sensación un par de minutos más. Acto seguido, me esfuerzo en levantar las murallas que tanto me costó construir años atrás con la firme convicción de impedir que nada, ni nadie, las traspase.

 

 

Hugo

 

Cuando nuestras miradas se han vuelto a encontrar, su fugaz sonrisa ha sido arrolladora. Hasta ese instante había sido un mero recuerdo de la adolescencia, algo que quizá había idolatrado y del que necesitaba comprobar que sí, que solo era eso, que no dejé en Lilea una gran parte de mi corazón. Qué equivocado estaba. En ese justo momento ha pasado a ser real, tan cierto como el centenar de caballos que galopan por mi pecho.

 

 

2
Vecinos

 

A la mañana siguiente, como casi todos los lunes, no hay quien levante a las niñas. Los fines de semana las dejan tan exhaustas que, por mucho que me las ingenie, llegar al colegio antes de que nos cierren la puerta es toda una odisea.

Por suerte, hoy hemos llegado cinco minutos antes y podré hablar con las otras madres sobre la última excursión del curso escolar. Queda una semana, y algunas no ven demasiado bien que los pequeños vayan a un megaparque de bolas. Yo la verdad es que no le veo el problema, seguro que se lo pasarán genial.

Dejo a las niñas y me acerco al grupo.

—Buenos días.

Ninguna me contesta, están tan pendientes de lo que explica Rocío que ni tan siquiera me han oído. Mamen, que hará rato que ha llegado, levanta las cejas para que preste atención a lo que dicen.

Grititos, risas y un «¡oh!» que se le escapa a alguna madre menos desvergonzada se aturullan en mi mente hasta que lo comprendo: hablan de Hugo. Comentarios sobre su culo, su pelo, su piel, la forma de caminar, lo bien que le quedaban los tejanos, el buen trabajo que tiene… Las escucho durante unos minutos sin dejar de pasear mi vista por sus caras. Voy de un rostro a otro e intento comprender el entusiasmo desmedido que sienten. Y entonces, me sulfuro. Me cabreo conmigo misma por darles importancia a los comentarios infantiles que escucho.

Me contengo para no soltar un improperio mientras la voz de Rocío llama de nuevo mi atención. «No tardaré en meterlo en mi cama, ya veréis», anuncia sin ningún tipo de problema. Aprieto la mandíbula y cierro los puños con fuerza. Desde que se separó, no hay quien la aguante.

Carraspeo para llamar la atención e intento cambiar de tema:

—Al final, ¿cómo queda lo de la excursión?

Ni caso.

Cruzo mi vista con la de Mamen en busca de apoyo y lo que encuentro es una sonrisa enorme. Puede llegar a ser tan retorcida…

¿Pero no estaban tan preocupadas por la seguridad de sus hijos?

Lo que siempre digo: vivir en un pueblo tiene sus cosas buenas y las no tan buenas. Entre ellas, que la llegada de un hombre puede alterar la vida de sus féminas hasta cotas insospechadas. Ver para creer.

Mamen se acerca con la comisura de los labios rozándole los ojos.

—¿No te vas a trabajar?

—Mierda… ¡Llegaré tarde! Un día de estos mi padre me despide.

—No creo.

—Eso, tú ríete. ¿Te quedas?

—¿Para escuchar tonterías? Paso. —Hace un ademán con la mano—. Antes de ir a la oficina, tengo que acercarme al banco. Te acompaño hasta el supermercado.

Nos vamos sin despedirnos; total, tampoco nos oirían.

—¿Qué tal estás? —quiere saber cuando ya nos hemos distanciado del grupo.

—Bien.

—¿Seguro?

—¡Claro!

Se para en seco, gira la cabeza para mirarme a los ojos con desaprobación y chasquea la lengua.

—No sé… Quizá se te ha olvidado comentarme algo.

Retoma la marcha.

—Pues no, la verdad.

—¿Nada?

—¿Se puede saber de qué hablas?

—Como si no lo supieras.

—¡Mamen, por Dios! Suelta lo que sea que insinúas.

Caminamos por la calle principal de Lilea. En menos de cinco minutos llegaré al supermercado familiar, no aguantaré tanto. Soy una kamikaze, debería haber huido del colegio en cuanto he visto que seguía allí.

—Que sepas que estoy dolida. Jamás creí que me hicieras algo semejante. Yo, que te lo cuento todo…

La miro y ni tan siquiera pestañea. Cualquiera que no la conozca creería que lo dice en serio.

—Me acompañó hasta casa, sin más. ¿Tanto cuesta creer?

—Pues sí.

—Parece que no me conozcas.

—Justo por eso, porque te conozco, sé lo que significa Hugo para ti.

—Tu mente lo complica todo. Por Dios, ¡éramos unos críos! Ha llovido mucho desde entonces. ¡Y baja la voz! Que mi padre está por aquí.

—¡Tenemos treinta años!

—¡Sshh! —Miro a los lados sin poder evitarlo. Como mi padre sospeche de algo y se lo cuente a mi madre, no me dejará vivir tranquila.

—Lo que tú digas.

—Pues si es lo que yo diga, el tema se acaba aquí, en este instante. ¿De acuerdo?

Mamen me mira como si quisiera diseccionarme. Antes de seguir su camino, sentencia:

—Tranquila, esperaré a que lo digieras y hablaremos. Vaya si hablaremos.

La veo alejarse y sé que tengo un problema. Mi amiga no desistirá con facilidad.

 

***

 

De lunes a miércoles por la mañana ayudo a mi padre en el supermercado, y las tardes y el resto de mañanas, incluida la del sábado, trabajo en la biblioteca del pueblo. Estudié Periodismo, y esto es lo más cercano a ese mundo que puedo encontrar en Lilea —por aquello de estar rodeada de letras—. Aunque no me siento realizada, es mejor que nada.

Mamen nunca supo qué sería de mayor. El día que les dijo a sus padres que quería estudiar una carrera yo estaba presente —como en casi todos los momentos importantes de su vida—:

—Quiero estudiar Relaciones Laborales —soltó a bocajarro en la cocina de su casa mientras su madre preparaba una ensalada y su padre una tortilla de patatas.

Cinco minutos antes, me había dicho que estudiaría Turismo. Así de tarada está. Pero eso era ella. Yo he querido ser periodista toda mi vida. De pequeña devoraba los artículos de cualquier revista que cayera en mis manos. Todos los domingos, junto a mi padre, releía los que más me habían gustado de la semana.

Aun así, no lo tuve fácil. Ser la hija única de un matrimonio de hijos únicos nunca fue sencillo. Mucho menos cuando pretendes salir del nido y vivir tu vida. O, al menos, hacer algo sin la eterna supervisión de tus progenitores.

Mi madre dejó de trabajar en cuanto se casó. Querían ser padres jóvenes, a poder ser, de tres o cuatro hijos. La realidad fue bien distinta; yo tardé casi ocho años en aparecer y, aunque sé que lo intentaron después, jamás llegaron más embarazos, lo que provocó que se volcaran en mí de una forma, a mi entender, poco sana.

Estamos en junio y hace bastante calor. Abro la puerta de la biblioteca, y lo primero que hago es encender el aire acondicionado. Son las tres y media, y después de darle el sol toda la mañana a la fachada de cristal, la temperatura es tan alta en el interior que te puede achicharrar el cerebro en tan solo unos segundos.

Esta tarde viene Anna, una cuentacuentos profesional, que nos narrará la historia de La Bruja Aguja, así que, después de vaciar el buzón de las devoluciones —en el que raro es el día que encuentro algo— y encender el ordenador, me dispongo a preparar la sala donde ella trabajará: agarro unos cojines redondos de vivos colores que guardamos en un baúl y los reparto por el suelo, verifico que el equipo de música funcione a la perfección, cojo unas cintas de colores que también distribuyo por la sala, cuando estoy a punto de colgar un cartel de nuestra protagonista del día en una de las paredes, un taconeo muy característico llama mi atención.

—¡Hola! ¿Dónde estás?

Mamen está parada en medio del vestíbulo llamándome a gritos. Yo la mato.

—¡Ssshhh!

Me reúno con ella y la fulmino con la mirada.

—¡Pero si nunca hay nadie a esta hora!

—No pienso discutir contigo. ¡Siempre haces lo mismo!

—No te enfades, pero es que no he podido resistirme, necesito ver tu cara cuando te dé la noticia.

Los ojos le brillan y da saltitos sobre sus zapatos de diez centímetros de tacón, mientras sonríe y menea la cabeza de un lado a otro.

Tan solo hace unas horas que me dejó en el supermercado y ya la está liando. Seguro.

—¿Estás embarazada?

—¡No! ¡Joder! Eso no tiene gracia.

Sonrío abiertamente. Menudo gustazo ha sido quitarle de un plumazo esa expresión de su rostro. La conozco demasiado como para no saber que me hablará de Hugo, pero, al menos, este tanto es mío.

—Serás aguafiestas… En fin, te perdono. Porque, cuando me oigas, a la que le va a cambiar la cara es a ti.

—¿Ah, sí? ¡Sorpréndeme! —A ver qué se le ha ocurrido esta vez.

—Hugo me ha pedido que lo ayude a buscar un piso de alquiler —suelta la noticia como si esperara que el cielo se abriera ante mis ojos y descubriera los misterios de la creación.

—Pues hace bien. Eres la mejor agente inmobiliaria en muchos kilómetros a la redonda.

—Serás… —De sus ojos salen dagas voladoras—. ¿Por qué te resistes a lo evidente?

—Ya te lo he dicho esta mañana. Tu mente lo complica todo. No hay nada.

—Sí que lo hay, su trasero te tiene impresionada. Lo sé.

Aprieto los labios con fuerza, mientras con un dedo retuerzo un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Bueno, eso no te lo voy a negar. —Una estúpida sonrisilla se me escapa, y los ojos de mi pelirroja preferida hacen chiribitas con la idea de emparejarme—. ¡Eh! No te emociones. Que una cosa es que lo encuentre atractivo y otra muy distinta que vaya a tener algo con él.

—Pero… es que estoy segura de que él sí quiere algo contigo. —Alzo las cejas y mi cara de incredulidad aparece de la nada. Mamen chasquea la lengua como si yo fuese estúpida—. Te mira como lo hacía antes de irse; por mucho que se liara con Marga, mi teoría siempre será que eras tú quien le gustabas. Además, si no, ¿para qué ha regresado? Alquilar un piso para los fines de semana, sin más motivo, tampoco tiene mucho sentido.

—Eso deberías preguntárselo a él.

Una mirada diabólica me recorre de arriba abajo.

—He quedado con Hugo a las cinco para ir a ver algunas opciones. Se lo preguntaré.

—¡Ni se te ocurra!

—Emma, ya es hora de que te olvides de lo vivido con Toni.

—¿Por qué lo metes en esto?

—Porque aquello ya pasó, y parece ser que Hugo ha llegado en el momento ideal para recordarte que no estás muerta.

Mi amiga se va.

Lo único que sé es que Hugo se ha encargado con su vuelta de dejarme claro que muerta, lo que se dice muerta, no estoy.

Eso me aterra.

 

***

 

Corro por la calle como una loca, paso por delante de la ferretería, levanto la mano sin mirar quién hay dentro para saludar y me meto en el supermercado a toda prisa, agachándome para no comerme la persiana que está medio subida.

—¡Lo siento! —grito al pasar al lado de mi padre, que habla con la carnicera.

Recorro el almacén y me meto en los vestuarios. Me cambio todo lo rápido que puedo, cuando regreso a la sala de ventas, me encuentro a mi padre en medio del pasillo de las conservas, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

Freno en seco. Su metro ochenta, sus anchos hombros, el pelo canoso y la perilla bicolor le dan un fiero aspecto que choca con el color azul cian de las columnas y las paredes del local y su nada comedida iluminación.

—Buenos días, cariño. ¿Por qué corres? —Extiende sus largos brazos y me envuelve en ellos.

—¡Me he dormido! Hasta las niñas han llegado tarde al colegio por mi culpa.

—¿Y tu madre?

—¡Papá! Mamá tenía esta mañana una analítica. Para una vez que no está en casa, voy y me duermo.

—Pero no es para tanto. ¿O sí? ¿Ocurre algo?

Sus ojos castaños me escrutan en busca del problema. Siempre ha tenido el sueño muy ligero, estoy convencida de que me ha oído bajar a la cocina un par de veces durante la noche. También he visto la televisión en el comedor, e incluso me he puesto a escuchar música en el sillón orejero que tenemos al final del pasillo de la segunda planta —eso sí, con los cascos—, para ver si así la imagen del bosque al amanecer me relajaba y conseguía pegar ojo.

No ha servido de nada.

¡Maldita Mamen y sus ideas!

Después de Toni, no ha habido nadie más. Aunque, si debo ser sincera, después de Toni, dejé de existir. Emma, aquella chica que soñaba con vivir en la ciudad, ver mundo y ser la mejor columnista de todos los tiempos, murió. Y, no sé muy bien en qué momento, apareció Emma, la chica que regresó a casa de sus padres, a aquel pueblo del que huyó porque la asfixiaba; y se conformó con ver pasar los años, con la única esperanza de que, algún día, sus hijas pudieran cumplir sus sueños sin que ningún hombre se los destruya nada más empezar a rozarlos con la yema de sus dedos. Y así me he pasado toda la noche, dándole vueltas a lo que deseaba y no ha podido ser. «Explícame tu vida», me dijo Hugo. Como si fuera sencillo, como si no doliera comprobar que me he rendido. Como si ser cobarde fuera fácil.

A las siete me he metido de nuevo en la cama. No quería que mis padres me encontraran dando vueltas por la casa, y ha sido entonces cuando Morfeo me ha visitado. Sin ningún tipo de piedad se ha cebado conmigo. Si el despertador ha sonado, yo ni me he enterado.

—Buena pregunta… No, en realidad, no ocurre nada. Solo que no me gusta llegar tarde. —No me cree, lo veo en sus ojos.

—Lo entiendo, pero todavía falta un poco para que nos invadan los clientes. Así que tampoco llegas tarde, tarde.

—¡Papá!

—Anda. Ayuda a Bea con esa fruta que acaban de servirnos. Con suerte, acabaréis de colocarla justo antes de que llegue la marabunta.

Estoy en la caja y creo que he devuelto mal más de un cambio. Me pesan una barbaridad los párpados, cuando me hablan, en lugar de voces, oigo zumbidos. Miro el reloj: son las doce; en media hora podré ir a por las niñas. Ojalá coman rápido y pueda dormir un rato.

—Hola, Emma.

Me sobresalto. Ni siquiera lo he visto entrar, y no se puede decir que pase desapercibido. ¡Ya me estoy liando! Y eso que estaba que me moría de sueño.

—Hugo. —Sonrío.

—¿Qué tal estás?

—Bien, gracias. ¿Y tú?

—Pues ya ves, de compras. He pensado en quedarme una temporada por aquí, acabo de alquilar una casa. Me sentará bien un poco de naturaleza los fines de semana.

Niego con la cabeza cuando me doy cuenta de que mis ojos siguen el recorrido de sus manos cada vez que cogen un producto del carro y lo dejan encima de la cinta de la caja. Son grandes, fuertes y parecen… muy suaves.

—¡Seguro! —Empiezo a cobrar enfadada conmigo misma por ser tan débil.

—Y dime, ¿dónde te metes? No te he visto desde el sábado, y se suponía que este es un pueblo pequeño y que sería fácil coincidir.

Levanto la vista de la cinta cuando nuestras miradas se encuentran. Un hormigueo cada vez más familiar recorre todo mi cuerpo.

¡Maldición! No quiero que se dé cuenta de que no soy buena para nadie.

—Verás, yo… tres mañanas de la semana estoy aquí, y el resto del tiempo me encontrarás en la biblioteca.

—¿Eres la bibliotecaria de Lilea?

Sonríe divertido con la idea y yo río a carcajadas. Anda que me ha durado mucho la voluntad.

—Sí, pero no soy la única. Tengo una compañera; con reducción de jornada, pero la tengo.

—Pues no me imaginaba yo una bibliotecaria así.

—¿Así cómo?

Ha sido acabar de preguntar y arrepentirme. Sus ojos se han oscurecido en el acto, y a mí me empieza a faltar el aire. Emma, eres tonta de remate.

—Recuerdo a la señora Leonor: mayor, con el pelo recogido en un moño y unas gafas metálicas que siempre se quitaba para lanzarme miradas acusatorias cuando no guardaba silencio. No. No te pareces en nada a ella.

Bueno, en eso tiene razón.

—Se jubiló hace cuatro años. No era tan mayor.

—Entonces es que yo era un enano y por eso debo de tener el recuerdo de que ella era una octogenaria.

Enano. Me hace gracia que, con lo alto que es, se refiera a sí mismo con esa palabra. Yo la utilizo mucho con las niñas, y ellas se enfadan porque alegan ser mayores para que las llame de esa forma.

Las niñas.

—Serán noventa con cincuenta y dos euros. ¿Efectivo o tarjeta?

—Tarjeta.

Ayudo a Hugo a meter las cosas en las bolsas sin mirarlo a los ojos.

Cuanto antes se vaya, mejor.

 

***

 

Por la tarde, el ruido de sus tacones, que retumban en el silencio de la biblioteca, martillea mi cerebro. No he podido dormir a mediodía, y lo último que necesito ahora mismo es a mi mejor amiga instruyéndome en el arte amatorio.

Adoro a la pelirroja. Haría cualquier cosa por ella. Pero hay momentos en los que me desespera. Es la única persona a la que puedo amar y querer matar en el mismo instante. Es cabezona, persistente y descarada. Poco le importa mi opinión cuando está convencida de que yo no actúo por miedo. Y, esta vez, no me dejará en paz hasta que consiga su objetivo: emparejarme con Hugo.

Cuando se casó con Ricardo, tuve miedo a perder parte de nuestra complicidad. Por aquel entonces, yo vivía en Barcelona, y ella hacía tres meses que había regresado a Lilea. «Esto no cambiará nada», me dijo el día de su boda, cuando percibió las dudas que me invadían. Jamás creí que aquella afirmación fuera tan cierta. Me faltan dedos para contar la de veces que ha dejado a su marido para acudir a mi lado. En mi ayuda.

Ninguno de los planes que teníamos para nosotras, y que elaboramos en nuestra infancia, se han cumplido: recorrer el este de los Estados Unidos, visitar Praga, acudir a un baile de máscaras en Venecia, colarnos en el estreno de alguna producción de Hollywood, ir a la ópera vestidas como Julia Roberts, apuntarnos a clase de comida japonesa, saltar en paracaídas, volar en globo y un sinfín de vivencias más que apuntábamos en una vieja agenda con una portada elaborada a mano que ponía «Prohibido morirse antes de…». Evidentemente, el título fue cosa suya.

Aun así, hemos realizado el mejor sueño de todos, el único que no contemplamos porque dimos por hecho que se cumpliría pasase lo que pasase: seguir juntas.

Así que, Dios, dame paciencia.

—¿Por qué corres? No me fugaré. Estoy en el trabajo, aunque cada vez tenga más dudas de que creas que esto es un empleo y no un lugar donde vengo a pasar el rato.

—¡Pero si no hay nadie!

—Sabes que la gente empieza a venir cuando los niños salen del colegio. Además, eso no significa que no tenga nada que hacer.

—¿Has visto a Hugo?

—¡No empieces!

—No. Va en serio. ¿Habéis coincidido?

Mamen coge la silla de mi compañera, se sienta y gira la mía para que quedemos de frente.

—Sí, esta mañana ha venido a comprar al súper. Por cierto, felicidades, me ha dicho que ha alquilado una casa.

—No, una casa no. Ha alquilado «la casa». —Hace el signo de comillas al pronunciar la palabra y el pánico se apodera de mí. Está contenta; eso no puede ser bueno.

—¿Qué casa?

—La del señor Romero.

—Imposible. —Necesito mirarla a los ojos con fijeza para saber que no me toma el pelo. Y no. No lo hace—. ¿Cómo? —suelto indignada. ¡Joder! Esto ya es lo último que me faltaba.

—Ayer, después de ver tres pisos que no le gustaron, me preguntó si había algo disponible por la urbanización. Le contesté que solo la casa del señor Romero, pero que jamás le había interesado alquilarla.

—¿Entonces?

—Esta mañana me ha llamado para decirme que anoche se lo encontró en el Frankfurt, le preguntó y llegaron a un acuerdo. Dos horas más tarde, teníamos el contrato firmado. Ni siquiera la había visto. —Se encoge de hombros, por suerte, se calla lo que piensa: a Hugo no le importa lo más mínimo cómo esté la casa.

—Es mi vecino.

—Eso parece.

—Esto se está complicando.

—Ya lo estaba.

—Solo en tu mente.

—Eso es mentira.

La miro perpleja, no puedo negárselo. Ella sonríe.

 

Hugo

 

Le voy a decir que me quedo una temporada por el pueblo cuando se tensa de repente: su espalda se yergue, su contagiosa sonrisa se desvanece y sus labios se transforman en una fina línea que me advierten de que acabo de traspasar algún tipo de límite.

Es posible que me haya precipitado. No sé si está casada o tiene pareja, y esto que sentimos —porque sé que ella también lo percibe— no es adecuado.

Sea como sea, no pienso irme.

 

Prólogo 1 Lluvía a mares 2 Vecinos

 

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Booktrailer Churros con chocolate

¡Muy buenas!

Hoy vengo con el booktrailer de Churros con chocolate. ¡Me encanta!

Hugo es ternura; Emma, miedo. Juntos son Churros con chocolate, una historia de amor que habla del camino que han recorrido ambos hasta volver a cruzarse. Marcados por un pasado complicado, pero con un único deseo, encontrar su momento.

La canción de la banda sonora escogida para el booktrailer no podría irle mejor a la historia.

¡Espero que os guste!

 

Y aquí va un fragmento.

Fragmento booktrailer Churros con chocolate

Tessa

El conejo de la suerte y Churros con chocolate

Creo que casi todos hemos jugado alguna vez a El conejo de la suerte; ese recuerdo, más la celebración de un encuentro de exalumnos en mi antiguo colegio en el año en que todos llegábamos a la cuarenta, fue el pistoletazo de salida que necesitó mi mente inquieta para que la historia de Hugo y Emma germinase en ella.

¿Y qué paso después? Pues muy fácil, empezaron las preguntas:

  • ¿Y si jamás llegaste a besar a esa chica que te gustaba?
  • ¿Y si piensas en qué será de su vida más de lo recomendable?
  • ¿Estará casada? ¿Soltera?
  • ¿Se acordará de ti?

Esas son muchas incógnitas por resolver. Demasiadas. Así que, si gracias a Facebook te enteras de que se celebra una fiesta en tu antiguo colegio, ¿qué harías? Hugo lo tuvo claro, asistir, e ir en busca de esa chica que le dedicaba una sonrisa tan especial que juraría que era solo para él.

Aunque quizá estaba equivocado, quizá todo eso eran imaginaciones suyas, quizá los dieciséis años que hacía que no la veía lo habían cambiado todo.

Pero eso era solo quizá, tenía que salir de dudas, y lo hizo:

Fragmento del capítulo 1

«Cuando nuestras miradas se han vuelto a encontrar, su fugaz sonrisa ha sido arrolladora. Hasta ese instante había sido un mero recuerdo de la adolescencia, algo que quizá había idolatrado y del que necesitaba comprobar que sí, que solo era eso, que no dejé en Lilea una gran parte de mi corazón. Qué equivocado estaba. En ese justo momento ha pasado a ser real, tan cierto como el centenar de caballos que galopan por mi pecho».

¿Quieres saber más?

 

 

Booktrailer – Nada que no desees

Esta es la historia de Roberto y Tessa. Llena de instantes, buenos, malos y regulares. De momentos que duelen y otros que curan. De amigos que permanecen a tu lado; de otros que se van de forma injusta. De gente nueva que llena tu vida, y de lecciones, de muchas lecciones.

 

 

 

Música para Roberto y Tessa

Cada vez nos encontramos más novelas con listas en Spotify con las canciones que representan la historia de sus protagonistas. Y sí, ya sé que en general a todos nos gusta la música. Pero es que además, es un instrumento vital a la hora de buscar inspiración, por lo que me atrevería a afirmar que, con cada canción que se nombra en una novela, el autor nos da un pedacito más de él.

Stacey Kent llegó a mi vida hace poco más de dos años, con unos Roberto y Tessa muy poco evolucionados, pero con muchas ganas de vivir una bonita historia de amor. Personalmente para escribir necesito silencio. En cambio, cuando estoy perdida, las palabras no surgen, las imágenes se atascan en mi cerebro, y mis dedos se niegan a expresar aquello que pasa por mi mente, la música es mi mejor aliada. Y sí, justo en uno de esos momentos, me topé con la dulce voz de esta artista.

If I’m lucky es una preciosa balada y si leéis Nada que no desees, solo tenéis que escucharla cuando Roberto y Tessa cenan en el piso de él y, os aseguro, que veréis a dos personas enamorarse.

Tessa Cooper

If I m lucky – Stacey Kent

Así empezó esta historia

Hoy hace una semana que, Roberto y Tessa, los personajes de Nada que no desees, salieron de mi pequeño mundo para entrar de lleno en el de todos. Desde ese día, que tengo pendiente escribir esta entrada. Y no es pereza, ¡para nada! Es solo que, lo que estoy a punto de compartir, es el pistoletazo de salida para dejarlos ir del todo. Después de tres años junto a ellos, estoy entre apenada y eufórica. Raro ¿eh? Pues no os imagináis lo que es sentirlo.

En fin, allá vamos:

Me encontré con Roberto hace algo más de tres años en el Decathlon. ¡Os lo juro! Yo paseaba tan tranquila por esos pasillos, en busca de ropa para L., cuando un chico alto, pelirrojo, despeinado, de anchos hombros y unos ojos verdes impresionantes se cruzó conmigo. Él, muy inglés, comentaba con un amigo algo sobre los trajes de neopreno que tenían delante. Y yo… pues lo supe al instante: me había dado de bruces con mi muso.

¿Y después qué? Lo primero fue llamar a J., tenía que decirle que acababa de estallar una idea en mi cerebro, una historia que prometía, y que estaba de subidón. J. se partió de risa y después me pidió que, la próxima vez, mejor le enviase un WhatsApp, que recordara que estaba trabajando.

Esa misma noche mi mente dio vida a Tessa y, al día siguiente, Marta, Laura y Mark se hicieron hueco también en ella. La trama completa tardó un poco más en ver la luz, pero cuando lo hizo, fue para quedarse grabada en tinta indeleble.

Me encantaría tener una foto de Roberto para que vierais que no exagero, ¡pero no se la hice! Y darle ese honor a otro chico, pues no —sería cometer alta traición, y me ha dado demasiado—. Lo que sí puedo hacer es mostraros a la Tessa que me ha acompañado todos estos años —aunque admito que, la chica de la imagen de la cubierta que me ha diseñado Alexia Jorques, ¡es total!—.

¡Feliz domingo!

Torrey_DeVitto_presentación

 

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